RÍO DÍLAR. Cuando el termómetro castiga con jornadas sofocantes, el río que da nombre a la localidad es uno de los mayores atractivos y potenciales con los que cuenta su término municipal. El Dílar, de penetrante frialdad y agua cristalina, nace en Sierra Nevada. Los peñascos de nieve al derretirse crean pequeñas corrientes líquidas que van uniéndose en su rápido descenso. A su paso el río embellece el paisaje, vence desfiladeros y quebradas y origina hermosas chorreras.

Antes de iniciar el viaje de regreso, el visitante deberá contemplar los bancales que se adaptan al relieve inclinado de las laderas y comprobar cómo la agricultura se hace aquí forma de vida y "el viejo y la tierra" son las mejores palabras para describir el pétreo vínculo del dilareño con la "fanegas" de tierra que cultiva. Y Al alzar la vista, una hilera de sierras habrá surgido de repente: Corazón de la Sandía, Peñón Bermejo, los Atalayones, el Trevenque, el Veleta, el Caballo, La boca de la pescá, Alayos, La silleta… y ese color ceniza con el que a muchos oriundos le gusta recordar la imagen de las cordilleras que allá a lo lejos aguardan siempre las primeras nevadas.